“Me empezó a gustar el roce con el público cuando fui acolito de una iglesia”, Felipe Peláez.

Cuando estaba niño, Felipe Peláez fue acolito de una iglesia en Villanueva, La Guajira, “recuerdo que esperaba con ansias el día de la misa porque me gustaba ayudarle al padre” dice el artista.

Una de las funciones que desempeñaba el cantante, es que, a la hora de hacer la elevación en la celebración de la santa misa, debía tocar la campana para darle la señal a los asistentes de que debían arrodillarse.

“Cuando tocaba la campana, y la gente se arrodillaba, me impresionaba porque la gente prácticamente hacía caso a lo que yo decía”, cuenta Peláez.

Por otro lado, cuando terminaba la misa, el Padre dejaba que Felipe usara los instrumentos musicales de la iglesia, y eso lo llevó a poder afinar sus dotes de músico, permitiéndole ser parte del coro de la iglesia, y fue ahí, cuando sintió más el contacto con la gente porque asegura que, “cuando empezaba a cantar la gente se levantaba, me sentía lleno de gozo cuando coreaban y me acompañaban cantando.

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